En el partido del sábado pudimos comprobar dos aspectos que son los que traen al sevillismo de uñas con su entrenador.
Primero se pudo comprobar lo que este equipo puede llegar hacer cuando la propuesta elegida es la elaboración de las jugadas mediante el futbol de desmarques, pases limpios, velocidad de transición y osadía. Sin tener en cuenta donde y con quien lo hace.
El Sevilla lo hizo durante los primeros veintes minutos en el Santiago Bernabéu y el resultado fue espectacular.
Todo un Madrid, uno de los mejores equipos del mundo y en su propio estadio, veía como el Sevilla lo superaba tanto en juego como en el marcador, dando una imagen de equipo grande, muy grande.
Evidentemente a Jiménez sería injusto pedirle que el equipo jugase siempre como esos veinte minutos, pero lo que está claro, es que ese es el camino a seguir. Unas veces saldrá mejor que otras, pero cuando un equipo es capaz de dominar de esa forma a todo un R. Madrid en su estadio, es que hay madera de equipo grande. O más bien mimbres suficientes para serlo.
Pero llega la segunda cuestión, los sesenta minutos restantes.
Se paso del Sevilla grande, al Sevilla que nadie quiere y que se ha podido ver en más de una ocasión.
De una, de dos y de muchas más.
Durante una hora lo que se pudo ver, fue un equipo medroso, indolente, entregado, desubicado, sin dar dos pase seguidos y dando la imagen de un equipo pequeño, muy pequeño.
Como seria la imagen del equipo, que ni con cero a dos a falta de treinta minutos, ni el más optimista de los sevillistas pensaba que se ganaría el partido. Como así fue.
De ahí viene el cansino debate sobre el entrenador. Si se puede, ¿porque no se hace?.
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