
Hoy me siento magnánimo. Y tambien con ganas de entonar "meas culpas" si hace falta. Nunca fui rencoroso. Y ni mucho menos soberbio. Cuando se impone un pasito atrás, lo doy y listo, pero de corazón, no de boquilla.
Me cansé de tanto debate acerca de que si la crítica tal y la crítica cual en todo aquello que concierne a nuestro Sevilla, incluyendo a su entrenador y a sus dirigentes, claro está. Me cansé más que nada porque vengo observando que no todos dan el mismo valor al precio de las mismas cosas. Ni tampoco, y eso es lo que más incordia, todos miran, o miramos, a la estatua desde la misma perspectiva. Ni interna ni externa. Y la cosa puede llegar a ser como echar a valorar la posición del Ibex entre un economista y un inspector de...policía (p.ej.).
Veamos: como punto de partida me plantearé empezar a reconocer que es falso, por retórico, que exista la famosa crítica “constructiva” más allá de ser la expresión políticamente correcta más frecuente. Vale, Ok, está bien, concedido. Es más, las dos palabras juntas forman hasta una bonita paradoja. Y es que honestamente pienso cualquier comentario o sugerencia que pretende mejorar o cambiar algo ha de tener potencial destructivo por narices, tiene que limpiar y desalojar para luego sustituir, reparar o modificar. Aún cuando las críticas puedan, y tal vez deban, encollerarse con las salsas de la educación, del respeto y hasta del cariño, no por eso dejan de tener un trasfondo "terminator" que es la esencia de cualquier criticismo y avance, bien sea en las artes, en los toros, en las letras, en la ciencia...o, ¿cómo no? en el fútbol, y más concretamente en nuestro Sevilla del alma.
Admito, por tanto, que una buena crítica siempre tiene que romper con algo, a ver si ahí coincidimos todos. Por supuesto que las propuestas pueden y deben trasladarse con las formas más adecuadas para cada contexto y personas de que se traten, pero la destrucción no sólo es necesaria sino muy sana de vez en cuando. No existe, pues, eso llamado crítica “constructiva“, vale, Ok, de acuerdo: todas las críticas tienen la inevitable misión de quitar para poner. Unas serán más educadivas y otras más agresivas, y algunas vendrán acompañadas de propuestas y alternativas, pero el auténtico valor de una crítica es la crítica en sí misma, la oposición o desagrado que muestra hacia algo, el desacuerdo, la distancia y la falta de sintonía. Eso es impepinable.
Ahora bien, ¿por qué el que critica debería saber cómo mejorar aquello que critica? Una crítica desnuda, que no plantea opciones ni sugerencias, tiene, par un servidor, el mismo valor de evaluación. ¿Por qué nos molestan tanto las críticas y por qué las utilizamos tan mal hasta convertirlas en insultos, venganzas y confrontaciones contra, ojo, los que no nos gustan?...
Si yo ya me enteré, a ver si ahora nos enteramos todos: vale, todas las críticas son destructivas, esa es su función, ese es su valor de cambio y de crecimiento. Pero, ojito, si se dirigen a las personas y no a las ideas, recursos, profesionalidad, capacidades o a los proyectos, no son críticas, son meros ataques. Igual ocurre cuando intentamos enmascarar nuestras quejas para hacerlas pasar por argumentaciones racionales que intentan mejorar las cosas. En raras ocasiones la función de quejarse tendrá relación con la crítica en el “mejor sentido destructivo” de la palabra.
Está clarísimo que una buena cultura de la solicitud, de la aceptación y de la realización de críticas está por desarrollar, incluidas las habilidades sociales, y no os quepa duda que este mundillo de los blogs, de la participación y de las opiniones abiertas es un buen campo de entrenamiento. Para mí, perfecto.
Un saludo a todos.
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