
Ya tiene tiempo este post. En su momento hablaba del tristemente célebre "espíritu ganador" del equipo que, su entonces entrenador, el GENIO JIMÉNEZ, decía que tenía; y que era más falso que los duros de plata antiguos. Hoy lo entrena Antonio Álvarez. Y éste, en tan sólo dos partidos, ha demostrado algo que antes no se veía por parte alguna: que ese espíritu lo tuvo siempre, pero que se lo tenía secuestrado el Wenger del Arahal. Hoy, libre de ataduras, el equipo al menos se esfuerza por ganar y parece haberse sacudido de encima ese miedo cerval que tenía con el siempre contradictorio Jiménez. Dará tiempo, o no, -y gracias sólo a él- de recuperar en esta temporada al juguete que él destrozó, pero al menos ganas y empeño le están poniendo. Que ya es algo.
Tampoco es mala cosa recordar lo que entonces os decía:
P.D. Obsérvense manos y piernas de David Castedo y de Cala. Gesto y alma. Espíritu ganador.

Andaba yo haciendo el bachillerato, alla por1968, cuando Robert Kennedy, fue asesinado. Una famosa frase que él había citado. creo que de Bernard Shaw, causó una profunda impresión en mí. Saltó desde las páginas de los diarios hasta mi corazón:
“Algunos hombres ven las cosas como son y dicen: <¿Por qué?> Yo sueño con cosas que nunca fueron y digo, <¿Por qué no?>". Esa declaración describe todo un liderazgo y espiritu ganador efectivos 100%. Los líderes y ganadores en todas las áreas de la vida -incluyendo el deporte en general y al fútbol en particular, por supuesto- tienen características distintivas. Una de ellas, comunes a todos, es la visión.
Los ganadores ven la vida cómo podría ser. Siempre ven un poco más adelante, un poco más que aquellos que lo rodean. El mundo dice: “Tengo que ver para creer”. El ganador dice:” Tengo que creer para verlo”. Las multitudes sacuden sus cabezas en desesperación y murmuran: “Es la hora más oscura de la humanidad”. El líder todavía en medio de la oscuridad dice: “La hora más oscura siempre es la anterior al amanecer”. El perdedor, en cambio, ve el trabajo que necesita ser hecho y se excusa cuando dice: “Mi pequeño aporte no hará diferencia, la tarea, o el enemigo, es demasiado grande”. Se cura en salud. O se escuda en la contradicción: por una parte desearía ser ganador, y portarse como él, pero por otra no se muestra coherente entre lo que piensa, lo que dice y cómo actua posteriormente.
Viene todo esto a cuento porque acabo de escuchar unas palabras pronunciadas por nuestro entrenador en rueda de prensa con las que manifiesta que "tenemos espíritu ganador, que somos un equipo que siempre lucha por ganar y que jamás vuelve la cara".
Eso, hoy por hoy, no termina de ser cierto. Hablando de él, es falso que sus tácticas sean ganadoras. Y hablando del equipo, llevamos ya treinta y tantos meses viendo como se mueve entre la indecisión y la resolución. Vemos que unas veces se lanzan a por todas y también vemos como en otras ocasiones se esconden bajo los palos cual ratoncillos emboscados. Nunca siguió en este tiempo una consigna clara ganadora y constante. Alternó fases de bravura con muchas de la cobardía más siniestra. Probablemente reflejo todo ello del caracter de quien, hablando así, se contradice a sí mismo. La consecuencia lógica de la inseguridad de la mentalidad del perdedor.

Nosotros, los sevillistas de medio siglo, hemos conocido épocas de todo tipo: espíritu ganador con un pobre arsenal, espíritu acomodado en la derrota con el mismo polvorín, espíritus de bravura y dientes apretados aún siendo conocedores de su modestia; y espíritus ganadores, de autenticos líderes mandones, cuando el potencial y la dirección del mismo confluyeron en el tiempo. Eso fue no hace tanto por última vez, cuando llegó la hora de subir trofeos hasta aburrir a la parroquia en poco mas de un año, el que se asienta entre en el bienio 2005-2007.
En la actualidad, teniendo potencial para ser ganadores y líderes, andamos inmersos en unas manos y una mentalidad que tiene el dubitativismo por bandera, la indecisión por compañera y el ánimo siempre presto para intentar una cosa y hacer totalmente la contraria. Lo típico del cobarde y del perdedor, ese que ni lo intenta siquiera. O que cuando lo hace, lo hace empujado por la mano del verdadero ganador, pero que no se puede vestir de corto. Una lástima poseer la visión necesaria y el valor, pero que no confluyan en el tiempo. Ni en la persona.
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